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Supongamos que contestas a la puerta y recibes
una carta por correo expreso. La abres y comienzas a leerla;
estás tan excitado que no lo puedes creer: ¡esta
carta podría cambiar tu vida y hacer realidad todos
tus sueños financieros!
La oficina de personal de una gran compañía
multinacional está invitando a postulantes para presentarse
a un cargo cómodo, de jerarquía, con una remuneración
inicial que representa tres veces tu salario actual, con aumentos
sustanciales todos los años y posibilidades formidables.
Lo único que tienes que hacer es completar la solicitud
de empleo adjunta y remitirla a la casa central de la compañía.
Te sientas, sin demora, y llenas el formulario.
Según la solicitud de empleo, deberás someterte
a una revisión completa de identidad. La oficina de
personal solicita el envío de un paquete con material
que describa en detalle quién eres. ¿Qué
enviarás?
Posiblemente comiences con una fotografía: la que
encuentres con la pose más halagadora y profesional.
Hurgando en un cajón, revisas montones de fotografías,
y recuerdas que algún día tendrás que
quemarlas: esa fotografía de pasaporte espantosa, la
instantánea en traje de baño con algunos kilos
de más, una fotografía vieja con ropa y peinado
irrisorios por ser tan pasados de moda. Decides sacarte una
fotografía con un profesional para hacer las cosas
bien. No cabe duda de que realmente deseas mostrar tu mejor
aspecto para esta situación.
Preparas, entonces, tu curriculum vitae: un registro largo
y pormenorizado de tu educación, tu carrera profesional
y tus actividades cívicas y religiosas. Casi estás
tentado a agregar al paquete una lista de tus logros más
notables: los cargos y los ascensos que has tenido, los honores
y premios recibidos. Para que sobre y no que falte, puedes
agregar algunas cartas de recomendación de amigos y
colegas que saben qué buena persona eres. Encima de
todo pondrás la carta de tu pastor, en la que elogia
tu servicio desinteresado a Dios y a los demás.
Envías tu paquete y te sientas a esperar, con una
sonrisa de satisfacción. Tienes la certeza de que tan
pronto como la gente de la oficina de personal lea toda esa
documentación, el trabajo ya será tuyo. Pero
a los pocos días te devuelven el paquete con una nota
de la oficina de personal: «Solicitud incompleta. El
paquete incluye apariencia física, buen desempeño
y logros; pero no nos ha dicho mucho sobre quién es.»
¿Quién eres?
Si recibieras ese mensaje, ¿cómo te sentirías?
Posiblemente dirías: «Pero les dije quién
soy. ¿Qué más les puedo decir?»
Piensa en esto. ¿Qué cosas te convierten en
lo que eres? Como está implícito en la ilustración
anterior, no son los atributos físicos, ni una impresionante
educación o carrera profesional, ni tus muchos logros,
ni tus dones espirituales. Tampoco es tu origen étnico,
tu linaje, tus convicciones sociopolíticas o tus ideas
sobre la segunda venida de Cristo. Todos estos elementos,
si bien importantes, no constituyen lo que de veras eres.
Son meras capas externas de tu identidad.
Hay un refrán que dice que «el hábito
no hace al monje». Pienso que nadie puede poner en duda
esta afirmación. La vestimenta puede hacer destacar
a una perdona, o disfrazarla por un tiempo, o promocionarla
estratégicamente; pero de ningún modo hacen
a la persona. La identidad está compuesta por algo
más que los adornos y cosméticos con los que
engalanamos nuestro cuerpo. La dieta y el ejercicio físico
de última moda prometen convertirnos en una nueva persona:
«Deshágase de esos kilos, tonifique sus músculos
y observe cómo cambia su vida.» Pero, ¿acaso
puede un cuerpo transformado afectar nuestra verdadera identidad?
Por supuesto que no. Podremos sentirnos mejor y vivir más
años. Nuestra verdadera identidad, no obstante, tiene
poco que ver con el hecho de estar plenamente en forma o algo
pasados de peso.
Teniendo en cuenta que estas capas exteriores son, entonces,
meros accesorios de tu verdadera identidad, ¿quién
eres en definitiva? La respuesta a esta pregunta no te califica
ni descalifica para un trabajo cómodo y bien remunerado.
En realidad, necesitas comprender quién eres porque
este conocimiento es mucho más importante para tu vida
que una carrera prestigiosa y lucrativa.
El núcleo de tu identidad, y en particular la percepción
que tienes de la misma, desempeña un papel fundamental
en la manera en que te conduces en la vida cotidiana: cuánto
gozo disfrutas, cómo tratas a los demás y cómo
respondes a Dios. Es esencial que sepas quién eres,
sin confundir tu identidad con el aspecto físico y
con lo que haces.
¿Te sientes feliz, y hasta entusiasmado, con lo que
eres y hacia dónde diriges tu vida? ¿Sientes
paz interior aun cuando las capas externas de tu aspecto físico,
tu desempeño y tu posición distan mucho de ser
perfectas? Si no tienes una noción clara de quién
eres por debajo de estas muchas cubiertas externas, puedes
experimentar un grado de insatisfacción y falta de
sentido en tu vida. Puedes vivir permanentemente frustrado,
como aquel estudiante universitario que me dijo: «Josh,
conozco por lo menos a veinte personas que preferiría
ser en vez de ser yo mismo.» O puedes tener la desgracia
de vivir en el más completo desaliento, como aquel
hombre que me escribió diciendo: «Estoy solo
y confundido. Siento que, sencillamente, ya no vale la pena
seguir viviendo esta vida. Me duermo llorando todas las noches.
A veces solo deseo estar muerto.»
La crudeza de la pregunta «¿Quién soy?»
puede resultarte nueva. Puedes haber estado tan preocupado
por tus capas exteriores que no puedes reconocer el gran valor
y mérito de tu persona, creada a la imagen del Creador
y coronada «de gloria y de honra» (Salmo 8:5).
El concepto que
tienes de ti es el resultado de distintas influencias. Si
tus orígenes tienen una orientación conductista,
puedes entender que la vida es un accidente cósmico
donde las personas son poco más que máquinas
programadas. Si sostienes un punto de vista existencial, puedes
considerar que la vida es un absurdo. Si estás de acuerdo
con los evolucionistas humanísticos, te considerarás
algunos eslabones genéticos más desarrollado
que los monos. En cualquiera de estas situaciones, la pregunta
de la identidad es polémica porque el valor de la especie
humana es, en último caso, incierto. Si los humanos
no somos más que polvo inservible en el universo, es
fácil suponer que el valor y el sentido de lo humano
son extremadamente insignificantes.
Otra postura secular que puede haberte influenciado afirma
que los seres humanos son completamente independientes y autónomos.
Quienes proponen este punto de vista afirman que la ciencia
y la tecnología han derribado las barreras de las supersticiones
y los temores primitivos que mantenían cautivos a nuestros
antepasados. Hemos dejado atrás nuestra necesidad de
Dios y de la religión: somos libres para vivir como
queramos. Para estos, la pregunta sobre la identidad personal
también carece de sentido ya que, con atrevimiento,
han asumido el papel del Creador en la experiencia humana.
Identificados con el Creador
Una joven hizo el siguiente comentario sobre su amiga: «Es
una de las mujeres más hermosas del mundo, pero ella
cree que es horriblemente fea; se considera grotesca. Por
eso no puede confiar en nadie que le diga que la ama. Parece
que estuviera diciéndole a Dios: "Dios, si tú
me amas, debes ser un idiota."»
La única realidad en el punto de vista de esta joven
es que Dios verdaderamente la ama. Su razonamiento es erróneo
porque no se da cuenta de que el Dios de amor tiene la clave
de su identidad. Solo él conoce su verdadero valor,
infinitamente más preciado que su aspecto físico,
su desempeño o su posición. Solo él puede
colmar su necesidad de aceptación, de amor y de significado.
Las personas necesitan saber que Dios, su Creador, las ama
y las aprecia. En tal sentido es que el cristianismo le habla
a la humanidad en su búsqueda de identidad y propósito
en la vida. Una relación personal con Jesucristo libera
a la persona para que cumpla el propósito para el que
fue creada. Aceptar a Cristo no es únicamente aceptar
una filosofía de vida, sino que implica establecer
una relación personal con el Creador amante, aquel
que nos conoce de una manera perfecta y nos ama con un amor
pleno. Somos hijos del Rey de reyes por toda la eternidad.
¿Quién puede ser más feliz y sentirse
más satisfecho en la vida que alguien con esta identidad?
Por desgracia, en los albores del tercer milenio muchas personas
de la población, e incluso muchos cristianos, sufren
estrés, son infelices, se sienten insatisfechos y hasta
están desalentados. ¿Por qué? Porque
la mayoría duda de su verdadera identidad. Nuestra
cultura, en gran parte, acepta y transmite el hecho de que
tenemos poco valor y significado personal intrínseco.
Hasta la iglesia es, en ocasiones, culpable de empañar
el asunto de la identidad cuando pone demasiado énfasis
en la vieja naturaleza pecaminosa, ya crucificada y sepultada
con Cristo.
Mirarnos como meros «pecadores convertidos» puede
afectar negativamente nuestro sentido de identidad. Después
de todo, no nos referimos a las mariposas como gusanos convertidos.
Una vez que se convierten en mariposas, lo viejo desaparece
y lo nuevo ocupa su lugar. Cuando confiamos en Cristo, nos
convertimos en nuevas criaturas: «las cosas viejas pasaron,
y todas son hechas nuevas».
Espero que la lectura de este libro te ayude no solo a comprender
quién eres de veras, sino también a disfrutar
ser esa persona. Sé, por experiencia personal, que
el punto de vista bíblico de Dios, de ti y de los demás,
será una fuerza liberadora en tu vida. Cuando comiences
a identificarte con el Rey, comenzarás a vivir como
un príncipe o una princesa, que es lo que en definitiva
eres.
Tu identidad como hijo de Dios determinará tu manera
de encarar la vida, las luchas, la convivencia y tu relación
con Dios.
Lo que No eres
Antes de analizar los factores que constituyen nuestra verdadera
identidad, debemos considerar lo que no somos. Dejemos de
lado los mitos culturales imperantes, según los cuales
el aspecto físico, el desempeño y la posición,
constituyen la base de nuestra identidad personal.
Mito 1: La apariencia lo es todo
No hay, hoy en día, atributo personal más valorado
por nuestra cultura que un aspecto físico atractivo
y agradable. Las personas se preguntan todo el tiempo: «¿Qué
tal luzco?» Tendemos a juzgarnos de acuerdo con los
elogios o las burlas que los demás hacen basados en
nuestro aspecto físico.
Encontramos los orígenes de esto en la infancia. Por
desgracia, los niños pueden ser despiadados en el trato
relacionado con el aspecto físico de sus iguales. Los
apodos como Cuatro Ojos, Narizón, Bembón o Gordo,
pueden afectar desfavorablemente el sentido de identidad de
las personas. Algunos padres se suman a la crueldad. Como
una gracia, una madre se refería a su hija como «la
fea de la familia». ¿Qué concepto podía
tener de sí esa niña mientras crecía?
Si fuiste blanco de esta clase de bromas, muy posiblemente
habrás interiorizado un sentido de identidad muy desvirtuado:
«Soy un cero a la izquierda, feo y bizco.»
La importancia que le damos al aspecto físico es evidente
en las sumas astronómicas de dinero que gastamos en
vestimenta, cosméticos, joyas, peinados y ejercicio
físico. Para muchas personas, simplemente realzar el
aspecto físico no es suficiente. Es imposible calcular
los millones de dólares que se gastan cada año
para cambiar el aspecto físico, recurriendo a cirugía
plástica, liposucción y tatuajes. En la
actualidad, la gente se «arregla» todo, desde
la nariz hasta el ombligo, usan colgantes y se ensortijan
con pendientes cualquier parte imaginable del cuerpo. Los
demás, y nosotros mismos, nos juzgamos más o
menos favorablemente según estemos más o menos
«de película».
Susan, una joven profesional, trabajaba diariamente rodeada
de mujeres bellas. Es muy atractiva, de acuerdo con los estándares
contemporáneos, pero ella no se considera así.
Su madre le ha estado repitiendo, desde que era adolescente,
que tiene una silueta fea. En lugar de reconocer su valor
y mérito como creación divina, Susan cree que
es fea e inadecuada. Está convencida de que ningún
hombre la querrá porque tiene un cuerpo imperfecto.
El trabajar rodeada de mujeres a quienes considera hermosas,
solo consiguió que se sintiera peor acerca de sí
misma. Su inseguridad con respecto a su aspecto físico
comenzó a afectar la calidad de su trabajo y, finalmente,
Susan perdió su empleo.
Sam tenía una deformidad porque un accidente en la
niñez lo había dejado con cicatrices permanentes
en la cara. En la adolescencia, sus compañeros lo rechazaban,
en especial las muchachas. Su sentido de identidad perturbado
puede resumirse en una palabra: un excéntrico. Como
consecuencia, Sam se retrajo socialmente y se escapó
a un mundo irreal: se pasaba hasta veinte horas semanales
mirando películas. Posiblemente, también creyera
que la oscuridad de la sala cinematográfica era el
lugar apropiado para el ser extraño que se consideraba.
Nuestra apariencia, o la imagen que creemos que presentamos
a los demás, constituye en parte nuestro sentido de
identidad. En nuestro subconsciente hemos llegado a creer
que las personas más hermosas son las más apreciadas,
y como todos queremos ser apreciados, procuramos ser personas
hermosas.
Pero, ¿puede acaso nuestro aspecto físico determinar
nuestra verdadera identidad? Por supuesto que no. Esto es
un mito. Si así mera, Jesús nunca se hubiera
acercado a los leprosos, los pobres, los paralíticos
y los ciegos, aquellas personas cuyo aspecto físico,
según los estándares humanos, era cualquier
cosa menos hermoso y agradable. Podemos estar agradecidos
porque nuestra identidad como criaturas de Dios cala más
hondo. La Biblia nos recuerda: «La gente se fija en
las apariencias, pero yo me fijo en el corazón»
(1 Samuel 16:7).
Con esto no quiero decir que el aspecto físico carezca
de importancia. No hay nada malo en estar bien arreglados,
tener buen gusto en el vestir y cuidar de nuestro cuerpo para
lucir bien. El error es hacerlo para ser alguien. Como creación
exclusiva de Dios, sin considerar las apariencias, ya somos
alguien de infinito valor y mérito.
Mito 2: Eres lo que haces
Otro mito de identidad sugiere que el desempeño determina
nuestro valor e identidad. La sociedad asigna mucha importancia
al trabajo y valora a las personas por sus realizaciones y
su rendimiento. En muchos círculos, la capacidad se
mide por comparación. Las personas que trabajan más
y mejor que sus compañeros de trabajo tienen mayor
posibilidad de ser recompensadas con ascensos. En esta atmósfera
somos propensos, por error, a equiparar nuestra identidad
con lo que hacemos, en especial cuando nos comparamos con
los demás. En consecuencia, podemos sentirnos amenazados
cuando otra persona triunfa, o nos podemos sentir tentados
a tener un orgullo impropio cuando nuestras habilidades superan
a las debilidades ajenas.
Conozco estos sentimientos en carne propia. Hace unos años
me invitaron a hablar en una conferencia para solteros en
el estado de Florida. Como no podía concurrir, le sugerí
al director de la conferencia que invitara a mi querido amigo
y antiguo compañero de dormitorio en Wheaton College,
Dick Purnell.
-Pero no conocemos a Dick Purnell- se quejó el director
de la conferencia.
-Le aseguro- le respondí -que su grupo quedará
encantado con él.
Después de la conferencia, el director me llamó
y, medio en broma, me dijo:
-¡Vaya si estamos contentos de que no haya podido venir!
¡Dick Purnell estuvo sensacional!-
Por
unos instantes mi amigo Dick parecía representar una
tremenda amenaza. Mis sentimientos negativos me advertían
que estaba haciendo que mi identidad y seguridad dependieran
de mi ministerio como conferencista. Pude, sin embargo, vencer
esos sentimientos y contar esa historia a otros, diciendo
de corazón:
-El comentario del director con respecto a mi ausencia fue
uno de los acontecimientos más provechosos en mi crecimiento
cristiano durante este año.
Unos meses más tarde, me invitaron a hablar en una
conferencia para el personal de una aerolínea. Esta
vez no podía aceptar la invitación por motivos
de salud; nuevamente recomendé a Dick. Un tiempo después,
encontrándome en un avión, conocí a una
azafata que había estado en esa conferencia. Me dijo:
-¡Qué bueno que haya estado enfermo! ¡Todo
el mundo quedó encantado con Dick!
Esta vez mi corazón se llenó inmediatamente
de agradecimiento por Dick y por su capacidad como comunicador.
Después de haber recomendado a Dick dos veces para
que hablara en mi lugar y de haber conocido a personas que
estaban más que contentas porque yo no había
podido concurrir, sin duda alguna estoy muy feliz de que mi
identidad dependa de algo más profundo que mi desempeño.
Hubo un tiempo en que hubiera percibido esas respuestas como
una amenaza a mi persona y a mi amistad con Dick. Ahora, en
ocasiones deseo que ¡ojalá hubiera cientos de
Dick Pumells para enviar en mi lugar!
Los adictos al trabajo son personas que, sin duda, basan
su identidad en el desempeño. Todos tenemos algo de
este rasgo en nuestra personalidad. Los ministros y los obreros
cristianos suelen sufrir de la adicción al trabajo
porque sienten que su valor ante Dios depende de llevar a
cabo el trabajo de su ministerio y de cumplir con la gran
comisión. Otros adictos al trabajo solo se sienten
bien si están completamente agotados después
de largas horas de trabajo. Una mujer me dijo: «Me siento
bien cuando de noche estoy tan cansada que no puedo ni moverme.»
Tengo un amigo que me ha contado su lucha contra este patrón
de equiparar el valor y la identidad con el desempeño.
Criado en un hogar cristiano, no importaba lo bien que se
desempeñara en una tarea, sus padres siempre querían
que lo hiciera mejor. Nunca les escuchó decir: «¡Buen
trabajo!» La aprobación de sus padres, especialmente
de su padre, parecía estar siempre fuera de su alcance.
Me dijo: «En casa, me parecía estar siempre trepando
una escalera, pero sin poder llegar nunca al último
peldaño.»
Incluso ahora, de adulto, mi amigo todavía se encuentra
intentando ganar la aprobación de sus padres. Ambos
han fallecido, pero sus estándares viven con él;
y como no puede hacer lo suficiente para satisfacer su compulsión
por el trabajo, no está en paz consigo mismo.
¿Tiendes a ser un adicto al trabajo? Esto puede reflejarse
en lo que te cuesta relajarte. ¿Puedes tomarte un día
libre para descansar y pasarla bien? ¿Todavía
puedes sentarte tranquilamente para leer o descansar sin ponerte
ansioso por las tareas pendientes? Los adictos al trabajo
se deprimen cuando el almanaque (las vacaciones, los días
feriados, los fines de semana) y las circunstancias (enfermedad,
envejecimiento, desempleo) trastornan sus actividades.
No hay nada de malo en trabajar hasta tarde y trabajar mucho.
Pero, si para sentirte bien necesitas estar activo, puedes
estar creyendo que tu identidad depende de tu desempeño
y no del incalculable valor que tu persona representa para
Dios; este valor es independiente de cualquiera de tus realizaciones.
Cuando Jesús eligió a sus doce discípulos,
los llamó antes que nada «para que lo acompañaran»
y después «para enviarlos a predicar y ejercer
autoridad para expulsar demonios» (Marcos 3:14-15).
Como alguien dijo una vez: hemos sido creados como seres humanos,
no como hacedores humanos. Nada de lo mucho que hagamos para
Dios puede sustituir el hecho de ser sus hijos.
Mito 3: Si no tienes poder no eres nadie
«¿Cuan importante soy?» Esta pregunta
refleja, popularmente, el tercer mito de identidad. Es una
cuestión de posición. Muchas personas no se
sienten bien si no tienen suficiente poder, influencia o control
sobre los demás. Su identidad se resume en la posición
que han logrado. Estas personas, para sentir que sus vidas
tienen valor y dignidad, procuran puestos de prestigio en
los negocios, la política, las iglesias y las amistades.
Jack y Grace, de unos cincuenta años, eran una pareja
cristiana muy afable. Como sus hijos ya eran mayores y no
vivían con ellos, comenzaron a dedicar más tiempo
a su iglesia sirviendo como voluntarios. Se inscribieron en
varias comisiones, y se ofrecieron para enseñar en
la Escuela Dominical y como líderes de estudio bíblico.
Jack, recién llegado a la comisión del programa
de educación cristiana, aportó su energía
y vitalidad y se ofreció a presidir la comisión.
Como era el único con tiempo disponible para la tarea,
enseguida aceptaron su ofrecimiento. Grace participaba en
el ministerio femenino de estudio bíblico, y pronto
se hizo cargo de un pequeño grupo y se integró
al equipo de líderes.
Después de un corto lapso en sus respectivos puestos,
Jack y Grace comenzaron, sutilmente, a acaparar más
poder. Jack convenció a la comisión para que
cambiara el programa de educación cristiana por otro
similar al que había usado cuando era maestro en otra
iglesia. La comisión estuvo de acuerdo con su propuesta
porque no querían perderlo. Sin embargo, el cambio
de programa afectó el presupuesto de educación
cristiana y provocó protestas e inconformidad entre
el personal educativo, que estaba muy satisfecho con los materiales
existentes. Jack expresó abiertamente que aceptaría
un puesto de media jornada como director de educación
cristiana.
Grace, mientras tanto, asumía poco a poco mayor liderazgo
en el ministerio femenino: comenzó a usar su propio
material de estudio bíblico en su pequeño grupo
en lugar de utilizar el mismo material de estudio que el resto
del grupo; y también ejerció su influencia en
la comisión para el retiro anual femenino, encargándose
de muchos de los detalles importantes. En todos sus esfuerzos,
trataba de sugerir que sus ideas y métodos eran mejores
que cualquier otro y que la comisión debería
reconocer el mérito de sus contribuciones.
Después de unos meses, los demás voluntarios
comenzaron a sentirse irritados con el subrepticio poder de
Jack y Grace en sus respectivos ministerios. Los líderes
de la iglesia les agradecieron sus deseos de servir, pero
les pidieron que reconocieran también los dones de
los demás. Viendo cómo les habían cortado
sus alas de poder y prestigio, finalmente dejaron esa iglesia,
para de nuevo comenzar el proceso en otra congregación
deseosa de contar con voluntarios con experiencia.
Para muchas personas como Jack y Grace, la autoestima y la
identidad personal están ligadas, al menos en parte,
a su posición y su prestigio. No les alcanza con ser
solícitas y dispuestas a ayudar cuando sea necesario.
Necesitan ejercer su influencia y poder para sentirse valoradas.
Si nuestra identidad y valor como hijos de Dios dependieran
de nuestra posición y prestigio, la mayoría
de nosotros no tendría la menor oportunidad. Una compañía
no puede tener más que unos cuantos ejecutivos, una
comunidad no puede tener más que algunos líderes
políticos, y una iglesia no puede tener más
que cierto número de presidentes de comisión.
La Biblia es clara: nuestra identidad como pueblo de Dios
no depende de nuestra posición. Aunque creamos que
somos importantes merced a nuestro prestigio y nuestra posición,
Jesús afirmó: «El más importante
entre ustedes será siervo de los demás. Porque
el que a sí mismo se enaltece será humillado,
y el que se humilla será enaltecido» (Mateo 23:11-12).
Cristo eligió a doce hombres comunes para ser sus queridos
discípulos, y pasó por alto a los líderes
religiosos, henchidos de prestigio y arrogancia. Derramó
su corazón a sus discípulos y les confió
el ministerio de llevar el evangelio al mundo.
Podemos tener prestigio, o ser un don nadie en nuestra familia,
trabajo, escuela o iglesia, pero somos importantes para Dios.
Tus realizaciones pueden ser grandes o pequeñas, pero
el infinito aprecio y estima que Dios siente por ti son inquebrantables.
Una identidad personal sana implica miramos, ni más
ni menos, como Dios nos mira.
Una
identidad personal sana implica mirarnos, ni más ni
menos, como Díos nos mira.
Rompe las cadenas del pasado
¿Te sientes reflejado en las páginas de este
capítulo? ¿Te sientes algo desanimado porque
haces que tu valor e identidad dependan demasiado de tu aspecto
físico, tu desempeño y tu posición? Si
es así, no eres el único. Estoy convencido de
que la mayoría de las personas adultas tiene un sentido
desvirtuado de su verdadera identidad. Nuestros padres y maestros,
los medios de comunicación, el mundo de la propaganda
y el mercado, incluso algunas de nuestras experiencias religiosas,
han reforzado la noción de que nuestra identidad está
compuesta por las apariencias, el desempeño y los logros.
Aunque comprendamos la verdad, es difícil abandonar
los patrones grabados en nuestra mente que parecen controlar
dichos aspectos de nuestra conducta.
Somos como el elefante del circo con una pata atada a una
estaca con una cadena de bicicleta. ¿Cómo puede
ser que una cadena tan débil pueda dominar a semejante
animal? El elefante permanece encadenado por un recuerdo.
Cuando el animal era joven, trató de liberarse de la
cadena, pero no fue lo suficientemente fuerte para lograrlo.
El elefante aprendió que la cadena era más fuerte
que él, y no ha olvidado la lección. Aunque
ahora es lo suficientemente fuerte para escaparse, difícilmente
lo intente; está condicionado al cautiverio. Si llega
a liberarse, será difícil ponerlo nuevamente
bajo control.
Nuestra percepción de la identidad opera de manera
similar. Nos han hecho creer que el aspecto físico,
el desempeño y la posición son importantes.
Esta falsa noción nos tiene condicionados desde la
niñez y nos mantiene cautivos, aunque sabemos que no
es cierta. Saber quién eres verdaderamente te dará
la fuerza para librarte de las débiles cadenas que
te impiden realizar tu pleno potencial como criatura divina,
única y valiosa. Como el elefante, puedes librarte
de esas ataduras interiorizadas. Participa de la plenitud
de la herencia del gozo, el significado y la satisfacción
que nos corresponden por ser hijos de Dios. Este libro te
mostrará cómo.
Para tener una idea lúcida de tu identidad
En primer lugar, para comprender quién eres debes
entender quién es Dios y conocer lo que siente por
ti. Reflexiona sobre las siguientes verdades acerca de Dios.
Tómate un tiempo para escribir tus respuestas a las
preguntas en un cuaderno o en un diario.
1. Dios es amor. En 1 Juan 4:16 leemos: «Dios es
amor. El que permanece en amor, permanece en Dios, y Dios
en él.»
¿Qué significa que Dios es amor? El
mismo versículo también dice: «Y nosotros
hemos llegado a saber y creer que Dios nos ama.» ¿Qué
significa que el Dios de amor te ame'!
2. Dios es el Creador. En Isaías 44:24 leemos: «Así
dice el SEÑOR, tu Redentor, quien te formó
en el seno materno: "Yo soy el SEÑOR, que ha
hecho todas las cosas."»
¿Qué significa que Dios sea el Creador?
¿Qué significa que Dios, el Creador, te haya
creado?
En segundo lugar, para comprender quién eres necesitas
prestar atención a lo que Dios dice que eres. Escucha
la voz de Dios hablándote:
1. Dios dice: «Tú
eres mi hijo.» En Juan 1:12 leemos: «Mas a cuantos
lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el
derecho de ser hijos de Dios.»
Toma este versículo y hazlo tuyo: «He creído
en Dios y lo he aceptado. Me ha dado el derecho de ser su
hijo.»
¿Qué significa que Dios esté tan
interesado en ti como para hacerte su hijo, uno de los suyos?
¿Puedes comprender lo que Dios siente por ti?
2. Dios dice: «Tú has sido escogido.»
En Efesios 1:4 leemos: «Dios nos escogió en
él antes de la creación del mundo, para que
seamos santos y sin mancha delante de él.»
Toma este versículo y hazlo tuyo: «Fui escogido
por Dios, incluso desde antes de la creación del
mundo, para ser santo y sin mancha.»
¿Qué significa que Dios te haya escogido?
¿Que no haya escogido a un gran grupo de gente, sino
a ti? ¿Puedes comprender lo que Dios siente por ti
incluso desde antes de la creación del mundo?
Tómate un tiempo para agradecerle a Dios lo que te
ha revelado acerca de su persona. Escúchalo mientras
habla a tu corazón en el transcurso de los próximos
días y semanas. Deja que estas verdades de las Escrituras
obren en lo profundo de tu corazón y de tu identidad.
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