Cuando
nos referimos a lo secreto, realmente no estamos hablando
de algo que podemos guardarnos para nosotros mismos únicamente.
Aunque podemos esconderlo de los demás, nunca podremos
esconder ningún secreto delante de Dios (Salmos 44:21).
Por lo tanto, examinar adecuadamente nuestros más íntimos
pensamientos, es algo apropiado para no pecar contra Dios.
Hacia una clasificación de
lo secreto
En realidad cuando guardamos
algún secreto delante de los demás, debemos
tener una muy buena razón para hacerlo. Generalmente,
puede ser temor (de que se burlen de nosotros), por duda (falta
de fe en el cumplimiento), por vergüenza (en el caso
de algún pecado) o simplemente por egoísmo.
Así, tratamos de esconder gustos, preferencias, temores,
anhelos, sueños, pecados, ideas, sugerencias, críticas,
etc. Algunos secretos podrían ser buenos, y otros podrían
no serlo. De hecho, tener secretos no
es malo. Dios mismo tiene secretos que no nos ha dado a conocer
(Deuteronomio 29:29). Pero, esto no quiere decir que Dios
tenga pecados ocultos o se avergüence de enseñarnos
algo. Más bien es porque Dios es misterioso, infinito,
lleno de sorpresas.
El problema de lo secreto
Resulta entonces evidente que existe cierta dimensión
de lo secreto que no es para nada mala. No es un problema.
Por ejemplo, María atesoraba en su interior los acontecimientos
que acompañaban al crecimiento de Jesús (Lucas
2:51).
El problema resulta cuando nosotros guardamos en nuestra intimidad
pecados ocultos que ofenden a nuestro Dios. Y peor aún,
estamos muy equivocados si pensamos que las cosas que hacemos
en secreto son totalmente secretas. Aunque otros no puedan
verlas, Dios conoce lo más guardado de nuestro corazón.
La siguiente historia ("La trampa" por Lois Mowday)
nos ayuda a entender esto de una mejor manera:
Un día lo encontré esperándome frente
a la puerta. Tenía una mirada impresionante en los
ojos. Cuanto entré me dijo "Hay un olor peculiar
en esta casa. Debe haber algo muerto por aquí. Es en
la planta alta. Creo que es en el ropero del vestíbulo".
Tan pronto como dijo esto supe de qué se trataba. Verdaderamente
había un pequeño ropero en el vestíbulo.
En él yo tenía guardados bajo llave uno o dos
artículos personales que no quería que nadie
viera.
Ciertamente no quería que Cristo los viera. Eran cosas
muertas y podridas que quedaban de la vieja vida no malas,
pero tampoco correctas y buenas para mantenerlas en la vida
cristiana. Todavía las amaba. Las quería mucho
para mí mismo y estaba realmente temeroso de admitir
que estaban allí. De mala gana subí con él
las escaleras, y mientras lo hacía el olor se hacía
más y más fuerte. Él señaló
la puerta y dijo: ¡Hay algo muerto allí!
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¡Esto me molestó! Esa es
la única manera como puedo describirlo. Yo le había
dado acceso al estudio, al comedor, a la sala, al jardín,
al dormitorio y ahora él me estaba preguntando acerca
de un pequeño ropero de un metro por metro y medio.
Me dije para mis adentros: ¡Esto es demasiado! No voy
a darle la llave. Bien respondió, leyendo mis pensamientos-,
si crees que voy a quedarme aquí en el segundo piso
con este olor, estás equivocado. Sacaré mi cama
al porche trasero o cualquier otra parte. En verdad no voy
a permanecer alrededor de eso. Entonces empezó a bajar
las escaleras.
Cuando usted ha llegado a conocer y
a amar a Jesucristo, una de las peores cosas que puede suceder
es sentir que se le retira su rostro y compañía.
Tuve que ceder. "Te daré
la llave" dije tristemente -, pero tendrás que
abrir y limpiar el ropero. Yo no tengo la fortaleza para hacerlo.
Lo sé, dijo-. Sé que no
la tienes. Sólo dame la llave. Autorízame a
tratar con ese ropero y yo lo haré. Así que,
con dedos temblorosos le di la llave. La tomó de mi
mano, caminó hacia la puerta y la abrió, entró,
sacó la putrefacción que se estaba descomponiendo
allí y la tiró a la basura. |
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Luego limpio el ropero, lo pintó
y ordenó, todo al mismo tiempo. Inmediatamente una
fresca fragante brisa inundó toda la casa. La atmósfera
cambió. ¡Qué liberación y victoria
tener fuera de mi vida esa podredumbre! No importa que pecado
o qué dolor podía haber en mi pasado, Jesús
está listo para perdonar, para curar y para hacer todo
nuevo.
Al dar a Cristo cada área de
nuestra vida, aceptamos vivir de acuerdo a sus mandamientos.
Esto incluye el mandamiento de ser puros moralmente. Comprometerse
a vivir en un nivel más elevado porque Él es
digno de tal compromiso, nos libera de la necesidad de realización,
justificar y comprometernos con otros asuntos. Somos libres
para vivir existencias abundantes basadas en una relación
comprometida con Jesucristo.
Entonces, para desarrollar limpieza y salud
en nuestro interior, agradando a Dios, más bien nuestra
actitud debe seguir la siguiente línea de pensamiento:
1. Salmos 51:6, 7
"Debemos procurar que nuestra intimidad se caracterice
por la santidad y la verdad".
2. Salmos 26:1, 2
"Debemos anhelar constantemente ser examinados por Dios
para no permitir impurezas en nuestra intimidad".
3. Romanos 2:16
"Debemos recordar que, aunque otros no lo hagan, Dios
sí juzgará nuestra intimidad".
Tus dos alternativas
Ahora, es tu turno de escoger qué deseas
que caracterice tu intimidad, tu vida secreta. Solamente existen
dos opciones, reflejadas en los siguientes pasajes:
1. Desarrollar una vida espiritual en lo más
profundo de tu ser que, aunque la gente no pueda verla, Dios
recompensará (Mateo 6:4, 6, 18).
2. Desarrollar una vida pecaminosa en lo más profundo
de tu ser que, la gente podrá ver y sentirá
vergüenza (Efesios 5:12). Recordemos que “de la
abundancia del corazón habla la boca” (Mateo
12:34), y que “del corazón salen los malos pensamientos,
los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos,
los falsos testimonios, las blasfemias. Estas cosas son las
que contaminan al hombre” (Mateo 15:19, 20).
El examen final
Toma ahora la lista de problemas que menciona
Mateo 15:19, y examina tu vida. ¿Hay algo de esto en
ti? ¿Te está costando lidiar con eso?
Afortunadamente, tenemos las buenas
noticias de Dios: su gracia, su perdón y su restauración.
Su gracia nos recuerda que podemos venir
confiadamente delante de él, sin temor a ser condenados
(Hebreos 4:16). Dios jamás nos rechazará. Nunca
se acabará su misericordia; aunque nos esforzáramos
en hacer el peor de los males, jamás podríamos
vencer su amor incondicional.
Su perdón nos recuerda que existe limpieza
para quitar toda mancha de mugre que quiere contaminar nuestro
interior (I Juan 1:9). Este perdón lo recibimos por
el carácter de Dios, no por méritos nuestros.
Su restauración nos recuerda
que tenemos las herramientas para vivir nuevamente en santidad
y ureza (Salmos 119:9, 11). La Biblia nos permite levantarnos
y desarrollar una vida espiritualmente productiva (II Timoteo
3:16, 17).
Un compromiso de verdad
1. Haz un pacto con Dios, y pídele
que examine tu vida secreta y que limpie todo aquello que
deba ser lavado.
2. Haz un pacto con Dios, y pídele que te fortalezca
para desarrollar una vida de devoción, en lo secreto,
que hallará recompensa espiritual.
3. Haz un pacto con un(a) amigo(a) espiritualmente maduro(a),
con quien compartirás tus secretos, para ser confrontado(a)
y confortada(a) espiritualmente. Juntos serán una pareja
de oración y apoyo espiritual.
Si
los demás pudieran ver todos tus secretos,
¿te felicitarían o te dejarían de hablar?
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