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Cuando comencé a predicar en una iglesia en Campana,
mi ciudad natal, en seguida empecé a orar fervientemente
por las personas que iban a ir a esa reunión, para
que en aquella noche alguien se convirtiera e hiciera manifestación
de fe.
Mi oración
tenía un motivo muy valioso, nadie lo podía
discutir. Pero Dios no me respondió esa noche, ni en
muchas otras.
Un día
comencé a preguntarme porqué oraba con fervor
cuando me tocaba predicar a mí y jamás cuan-
do predicaba otro. Comprendí que lo que me movía,
en realidad, era el deseo de que alguien se convirtiera con
mi mensaje.
No recibí
respuesta a mi oración hasta que comprendí que
orar no es el medio por el cual puedo recurrir a
Dios para que él satisfaga mis deseos egoístas.
La oración no es para eso; es algo muy distinto.
Entonces
sí, un día se acercó una chica que mencionó
aquel primer mensaje, y me dijo: ¿Sabes que yo
me convertí al Señor con esa predicación
tuya? ¡Maravilloso! El Señor había
reservado la noticia hasta que yo estuviera listo para no
agrandarme por un éxito personal. Él quería,
más bien, que yo me alegrara por haber tenido el honor
de ser un instrumento del Espíritu Santo. Dios no respondió
a mi deseo de conocer mis triunfos evangelísticos,
pero tampoco detuvo su obra; su Espíritu actuó
en esa reunión y convenció a alguien de pecado,
lo cual es su trabajo, no el mío.
¡Qué fácil es caer en la actitud de disfrazar
un objetivo egoísta (que mi predicación tuviera
resultados exitosos) detrás de una fórmula espiritual
(orar para que las personas se conviertan con mi mensaje)!
Según Santiago 4.46, ¿qué busca
Dios por medio de la oración? ¿Cuál es
su objetivo?
Tal cual Dios la pensó, la oración no es otra
cosa que una de las maneras que él diseñó
para tener amistad con nosotros. Cuando la usamos para hacerle
el pedido del mes, para estar dentro de los requisitos de
la iglesia, para cumplir con el rito familiar antes de comer
sin pensar ni sentir lo que decimos, Dios sufre. Lo que él
quiere es conversar, relacionarse con nosotros, ¡para
eso nos dio la oración!
Si quieres orar de verdad, tienes que dejar a un lado tu
propia voluntad, tus deseos egoístas, y ponerte en
diálogo con Dios. Sólo así vas a descubrir
toda la consecuencia de orar.

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