Del Libro: Oración: tu Acceso Directo a Dios
Autor:
Germán Ortiz, Edit. Certeza / L.A.Gr.Am.

Cuando comencé a predicar en una iglesia en Campana, mi ciudad natal, en seguida empecé a orar fervientemente por las personas que iban a ir a esa reunión, para que en aquella noche alguien se convirtiera e hiciera manifestación de fe.

Mi oración tenía un motivo muy valioso, nadie lo podía discutir. Pero Dios no me respondió esa noche, ni en muchas otras.

Un día comencé a preguntarme porqué oraba con fervor cuando me tocaba predicar a mí y jamás cuan-
do predicaba otro. Comprendí que lo que me movía, en realidad, era el deseo de que alguien se convirtiera con mi mensaje.

No recibí respuesta a mi oración hasta que comprendí que orar no es el medio por el cual puedo recurrir a
Dios para que él satisfaga mis deseos egoístas. La oración no es para eso; es algo muy distinto.

Entonces sí, un día se acercó una chica que mencionó aquel primer mensaje, y me dijo: ‘¿Sabes que yo me convertí al Señor con esa predicación tuya?’ ¡Maravilloso! El Señor había reservado la noticia hasta que yo estuviera listo para no agrandarme por un éxito personal. Él quería, más bien, que yo me alegrara por haber tenido el honor de ser un instrumento del Espíritu Santo. Dios no respondió a mi deseo de conocer mis ‘triunfos evangelísticos’, pero tampoco detuvo su obra; su Espíritu actuó en esa reunión y convenció a alguien de pecado, lo cual es su trabajo, no el mío.

¡Qué fácil es caer en la actitud de disfrazar un objetivo egoísta (que mi predicación tuviera resultados exitosos) detrás de una fórmula ‘espiritual’ (orar para que las personas se conviertan con mi mensaje)!

Según Santiago 4.4–6, ¿qué busca Dios por medio de la oración? ¿Cuál es su objetivo?

Tal cual Dios la pensó, la oración no es otra cosa que una de las maneras que él diseñó para tener amistad con nosotros. Cuando la usamos para hacerle el pedido del mes, para estar dentro de los requisitos de la iglesia, para cumplir con el rito familiar antes de comer sin pensar ni sentir lo que decimos, Dios sufre. Lo que él quiere es conversar, relacionarse con nosotros, ¡para eso nos dio la oración!

Si quieres orar de verdad, tienes que dejar a un lado tu propia voluntad, tus deseos egoístas, y ponerte en diálogo con Dios. Sólo así vas a descubrir toda la consecuencia de orar.

 
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