Un pensamiento
muy común que nos perturba cuando no logramos llevarnos
bien con nuestros padres es la actitud “qué me
importa”. Seguramente lo has pensado (así como
yo lo hice durante un tiempo en mi adolescencia). No te importa
lo que digan, si se molestan, si te felicitan, si te gritan...
simplemente no te importa. Frases como “Trato de hacer
las cosas bien, pero parece que no se dan cuenta”, “Siempre
tienen algo por que regañarme”, “Nunca
quedo bien con ellos”, “Ya traté todo,
y no hay solución”, “Entonces, ¿a
quién le importa?” son las justificaciones de
nuestra actitud. Pensamos (sentimos) que este lío nunca
va a terminar. Entonces, la alternativa es volvernos insensibles
(dejarnos llevar por la indiferencia y la resignación).
Es una
reacción muy normal (pero no justificable) de nuestra
carne (egoísta y pecaminosa). Ni Dios (ni cualquier
mortal) desea que el hogar se convierta en una zona de combate
(guerra y caos). Mucho menos es el ideal que vivamos como
personas aisladas, irritadas, divididas, que únicamente
duermen y comen (de vez en cuando) juntos. A veces podrás
sentirte la víctima de la trama (y no digo que nunca
sea así). A veces tendrás la culpa de los roces
(y no digo que siempre sea así).
Dios ha
diseñado un plan perfecto para la familia, y nosotros
somos responsables de ajustarnos (y que todo salga bien) o
de rebelarnos (y pasarla mal). Específicamente, él
ha designado el papel que los hijos debemos jugar (claro,
también ha dicho cuál es el de los padres, pero
ese es el trabajo de ellos). Efesios 6:1,2 recalcan nuestra
responsabilidad de obedecer y honrar (estimar, respetar) a
nuestros padres (y dicho sea de paso, la actitud "qué
me importa" no cabe en este molde).
Para que
la relación mejore, procura hacer bien tu parte como
hijo. Considera evaluarte en las siguientes áreas y,
de ser necesario, trabaja en hacer los cambios necesarios.
(Un buen maestro me enseñó una vez que “si
uno cambia, los demás cambian”).
1. ¿Cómo
son tus miradas hacia tus padres cuando te hablan?
2. ¿Cómo es tu tono de voz hacia ellos?
3. ¿Cuáles son tus objetos favoritos (puertas,
zapatos, mesas) que te gusta golpear cuando les respondes?
4. ¿Cuándo fue la última vez que tus
padres te escucharon decir palabrotas como "gracias",
"perdón", "te quiero"?
5. Si pudieras verte como te ven tus papás, ¿qué
cambiarías de ti?
6. ¿Cuándo fue la última vez que oraste
por tus papás?
7. ¿Te atreverías a tratar a tu Padre Dios como
tratas a los padres que él te dio?
Solamente
tienes una vida y unos padres para ganar la recompensa que
Dios promete a los buenos hijos (Efesios 6:3). No dejes de
disfrutar y aprovechar la oportunidad.
Enviado por:
Liderazgo Juvenil, un ministerio comprometido a entrenar,
apoyar y proveer materiales a los líderes juveniles
de América Latina. www.liderazgojuvenil.com
|