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Todavia ME PARECE ESTAR VIVIENDO el momento de las tres famosas
preguntas de la vida. Todos nos las hicimos alguna vez, O,
por lo menos, todos tuvimos alrededor de trece años
de edad., y un buen día las tres grandes interrogantes
de la vida hacen que cualquier problema de las Naciones Unidas
queden a la altura de un juego de niños. Esfuerza tu
memoria y recuerda la mañana en que no te gustó
lo que viste en el espejo, y entonces... las tres preguntas.
Aparecen sin aviso y sin que las esperes, Es casi injusto
que nuestra tranquila Juventud un día se vea perturbada
por tres sencillas interrogantes que determinarán nuestro
futuro: «¿A qué me voy a dedicar?»
«¿Con quién me voy a casar?»
y «¿Para que Dios me va a usar?»
Trabajo. Matrimonio. Ministerio, Demasiado para una sola mañana.
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Es posible que te hayas hecho estas
preguntas al cumplir tus primeras dos décadas
de existencia, o tal vez en la mitad de tu vida, pero
inevitablemente has pasado por esa experiencia. A los
trece... o a los cincuenta. Y para afrontar esas cuestiones,
uno debe tener una estima de sí mismo saludable.
Y ese no fue mi caso. Tengo varias preguntas que le
haré al Señor cuando llegue al cielo,
y ninguna de ellas tiene que ver con lo teológico.
Una de ellas es por que razón tuve que padecer
tantos complejos durante mi adolescencia; y aunque para
algunos le suene a trivialidad, para mí significó,
entre otras cosas, no poder responder a ninguna de dichas
tres preguntas. Por alguna curiosa razón me costaba
horrores engordar y gozar de un peso normal, lo que
me transformaba en alguien extremadamente delgado; y
si a eso le sumaba una nariz prominente, tenía
frente al espejo a un acomplejado con el amor propio
hecho trizas.
Todos los que pasamos por la escuela secundaria conocemos
la regla número uno de la popularidad: ¡ser
un genio en los deportes! A tus compañeros no
les interesa si eres bueno en el examen de Historia
o si logras una buena calificación en Trigonometría;
lo que realmente impacta es que demuestres que el país
esta gestando un futuro futbolista. Nunca entendí
esa teoría estudiantil y mucho menos entendí
el fútbol ni ningún deporte que implique
un esfuerzo mayor a levantar un papel del piso; así
que, como estarás suponiendo, no fui popular
y nunca me eligieron para jugar ningún deporte.
A la hora de armar los equipos de fútbol, siempre
quedaba fuera de cualquier posible elección.
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Así que yo no podía darme el
lujo de pensar a qué iba a dedicarme; estaba demasiado
preocupado por mi físico exiguo como para inquietarme
por un oficio, un matrimonio o un ministerio.
Nunca olvidare esos días, y tampoco creo que Dios
me permitirá hacerlo. Hoy puedo saber perfectamente
cómo sufren las chicas con exceso de peso, los muchachos
con anteojos, los demasiados altos para su edad, los de baja
estatura, los de dientes con frenos o los muy delgados como
yo. Cuando uno pasa por esas noches de autoestima destrozada,
no las olvida con facilidad. Me ha tocado ministrar a personas
con mas de cuarenta años que viven amarradas a
complejos del pasado. Son dueños de un potencial increíble,
pero las heridas del pasado (superficiales o profundas) no
les han permitido alcanzar la plenitud de sus vidas. Quizás
pertenezcas a ese grupo, o conozcas a alguien que sufrió
el ser diferente a la mayoría, pero cualquiera que
sea tu situación, espera a que te cuente la historia
mas inquietante que jamás hayas oído.
Del palacio al silencio
Esa mañana pudo haber sido una cualquiera. El niño
se despertó en su cuna real y alguien le acercó
su biberón real. Tenía cinco años de
edad y todos en el enorme palacio decían que sería
tan buen mozo como su padre.
«Y tan alto como el abuelo», comentaba un cortesano.
Era un niño con un futuro prometedor, hijo del príncipe
y nieto del rey, nada menos. Tenía un gran parecido
con el Ricky Ricon de Hollywood; todo a sus pies, solo tenía
que pedirlo.
Pero esa mañana algo interrumpió el desayuno
real de nuestro futuro rey; una tragedia, algo inesperado.
De pronto el palacio se transformó en un caos. Un mensajero
con una mala nueva, y después lo impredecible; gritos,
estupor y ruidos poco familiares que el niño de cinco
años no alcanzaba a comprender.
«¡El rey y el príncipe han muerto en la
batalla'» El niño no conoce el significado de
la noticia, o por lo menos no percibe que su futuro va a cambiar
de rumbo en los próximos minutos; después de
todo, el no tiene por qué saber que ahora comenzará
la cacería de brujas. Nadie jamás le dijo lo
que podría suceder si su padre y su abuelo murieran
el mismo día; es que esas cosas ni siquiera se comentan.
.. hasta que suceden. El no entiende que, al morir el rey,
su vida corre un serio peligro, así que no es sorprendente
que en medio del alboroto siga jugando con sus juguetes reales.
Pero la nodriza entiende algo más sobre reyes, palacios
y herederos al trono; así que toma al niño en
sus brazos y corre desesperadamente hacia el bosque. El muchachito
tiene cinco años y no tiene la culpa de que su padre
y su abuelo hayan muerto en una batalla, un niñito
no merece morir por intereses monárquicos.
Pero hubo un error. Un maldito error que el niño no
olvidaría por el resto de su vida. La nodriza tropieza
y el principito rueda por el piso. Un seco «crac»
deja estupefacta a la mujer, y el niño no para de llorar:
sus frágiles tobillos están ahora quebrados.
Esta no es una historia justa; el mismo día que queda
huérfano de padre y abuelo, abandona el palacio y un
tropiezo de quien lo transportaba lo transforma en un tullido,
un lisiado, un minusválido por el resto de su vida.
La historia narra que jamás volvió a caminar
y que tuvo que vivir incomunicado en el cautiverio, en un
sitio llamado Lodebar, el lugar donde los sueños mueren
y los reyes se transforman en mendigos.
Ahora ha pasado algún tiempo y el niño ya no
tiene cinco años, posiblemente tiene trece o diecisiete,
o tal vez treinta. Y llega la mañana de las famosas
tres preguntas de la vida: trabajo, matrimonio, ministerio.
Pero tampoco le gusta lo que ve en el espejo, y alguien le
susurra en el oído que «carece de méritos
para responder a las tres interrogantes. No califica.
Se pasó la niñez observando como otros niños
jugaban fútbol, trepaban a un árbol o simplemente
corrían detrás de un perro vagabundo. El estaba
tullido por un error.
Los muchachos crecieron, tuvieron novias, alardearon sobre
las chicas de sus sueños y dieron su primer beso. El
apenas si podía imaginarlo, estaba minusválido
porque alguien lo había dejado caer. Su vida social
estaba dañada; pudo haber sido un rey que con solo
chasquear sus dedos habría tenido un harén a
su alrededor, pero era paralítico... de los pies y
del alma. Se llamaba Mefí Bosset.
El relato nos sorprende porque posiblemente todos tenemos
una historia triste para contar. Nuestra vida marcha correctamente
hasta que un día, sin anunciarse y sin previo aviso,
algo nos quiebra los tobillos y pretende cambiar el rumbo
de nuestra vida. La niña descubre que ya no puede sonreír
cuando su padrastro se aprovecha de su infancia y le roba
lo mas preciado que una mujer puede tener; un muchacho siente
que su corazón se destroza cuando su prometida lo abandona
como si sus sentimientos fueran un juego de naipes; un hombre
descubre que su socio lo esta estafando sin importarle todos
los proyectos que tenían en común; una dama
descubre que su esposo la engaña desde hace tres años
con una mujer mas joven; una novia se siente morir cuando
su prometido pretende manosearla; una esposa se siente violada
por su marido en la noche de bodas y decide tener sexo sin
alma por el resto de su vida matrimonial. «Crac».
Es el sonido denominador común de todos los casos.
Alguien de pronto nos hace caer, dejándonos tullidos
del corazón, paralíticos del alma.
Sin duda lo mas doloroso es que en ocasiones las personas
de quien mas dependíamos son las que nos dejaron rodar
por el piso. De pronto la frase de una madre exasperada por
los nervios nos sentencia en nuestra adolescencia: «¡Nunca
cambiarás!» «¡Inútil!»
«¡Torpe!» «¡Tú no eres
como tu hermano!»; palabras que nos quiebran los tobillos
dejándonos a la vera del camino. Parecen frases inofensivas
y hasta justificadas, pero nos marcan a fuego y en ocasiones
pretenden determinar nuestro futuro.
Recuerdo que dibujaba una sonrisa cuando alguno de mis hermanos
comentaba: «Dante será cada vez más flaco»,
y hasta soltaba una carcajada cuando el profesor de Educación
Física se burlaba de mis piernas endebles para los
deportes; y también supe disimular cuando un líder
me señaló con su largo dedo índice y
sentencio: «Nunca Dios te utilizara, Él no usa
a los rebeldes», pero por dentro sentía que esos
«crac» intentaban arrancarme del palacio y transformarme
en mendigo.
Claro que mi historia, como la de Mefi Bossct, no tiene un
mal final. La Biblia narra en 2 Samuel 9 que una tarde el
rey David (que había relevado en el trono a Saúl)
pregunta .si acaso existe alguien de la antigua monarquía,
de la casa de Saúl, que pudiese estar vivo, ya que
el rey desea cumplir un viejo pacto hecho con su difunto amigo
Jonatán. Alguien cercano al trono, llamado Siba, le
comunica al rey David que, efectivamente, en Lodebar se encuentra
el hijo de Jonatan, el nieto de Saúl, alguien a quien
le correspondía el palacio... pero que vivía
en el cautiverio. Y entonces ocurre lo impredecible, el rey
quiere que busquen a Mefi Bosset y lo traigan a su mesa. David
desea devolverle su condición de príncipe.
Ese día siempre llega para los minusválidos
del alma. El vocero del Rey irrumpe un día en tu Lodebar,
desenrolla un pergamino y lee en voz alta: «El edicto
real proclama que regresas a tu lugar de origen, pasando por
alto tus heridas y complejos. El Rey ha dispuesto que te sientes
a la mesa junto a los demás comensales, a partir del
día de la fecha».
Aquel que nadie quería en su equipo de fútbol
de la secundaria, de pronto pasa a Jugar en las ligas mayores.
El que fue llevado en brazos del palacio al silencio, ahora
regresa en brazos del silencio al palacio. Mefi Bosset ha
vuelto a casa, a sentarse a la mesa real, donde las gorditas
olvidan su peso y los de baja estatura se sienten gigantes;
donde los tobillos cicatrizan y la caída solo es un
recuerdo del pasado.
Cicatrices que perduran
No podría terminar este capitulo sin agregar algo
fundamental que oí de un hombre de Dios llamado Italo
Frígoli: «Las heridas sanan, pero no te avergüences
de la cicatriz; recuerda que hay Alguien que lleva cicatrices
en sus manos y no se avergüenza de tenerlas».
Cuando teñía unos quince años me accidenté
en una carpintería y me lastime los dedos de la mano
derecha; me hicieron una pequeña operación y
me colocaron un yeso. El medico dijo que cuando me quitaran
las vendas tendría que ejercitar los dedos hasta recuperar
la movilidad normal, y así sucedió. Pero ocurre
algo curioso con mi mano hasta el día de hoy. Cuando
hay humedad en la atmósfera, siento un leve dolor en
los dedos; la molestia me recuerda que hace quince años
algo le sucedió a mi mano derecha. No hay nada defectuoso
en ella, pero en los cambios de temperatura me doy cuenta
de que alguna vieja molestia aún perdura. No hay infección
ya que pasó mucho tiempo, pero la marca se hace sentir
de tiempo en tiempo.
Todos los que estuvimos alguna vez en Lodebar hemos sido
restaurados en la mesa del Rey, pero nos enojamos cuando regresan
los recuerdos del cautiverio, nos molesta que Dios no nos
haya borrado de la mente el día en que alguien nos
dejó caer. Ya no esta en el corazón, aunque
en ocasiones regresa a la mente.
He orado muchas veces respecto a este tema. Una noche, luego
de una reunión que celebramos en Uruguay, el Espíritu
Santo me mostró de manera clara que los cristianos
tenemos aproximadamente un año de «vida fértil»,
ese famoso tiempo del «primer amor», en el cual
le predicamos a todo el mundo. Casi no podemos creer que Dios
nos haya rescatado de nuestro Lodebar, así que queremos
hacer por otros lo que hicieron por nosotros; vamos en busca
de los Mefi Bossct, de los otros paralíticos del alma.
Luego de un tiempo, nos transformamos en religiosos y nos
olvidamos de los quebrados. Los demás tullidos dejan
de ser almas necesitadas del amor de Dios para transformarse
simplemente en «los mundanos», y olvidamos que
nosotros también una vez necesitamos de alguien que
nos fuera a buscar.
Es que la mesa del Rey es tan confortable, que se nos hace
frágil la memoria. Por eso el cambio de clima evoca
tu vieja herida. Ese recuerdo del pasado regresa por un instante
para que rememores que mientras lees estas líneas,
hay otros que sueñan con volver al palacio y sentarse
a la mesa.
El deseo del Rey es que nunca te sientas demasiado cómodo
como para desistir de ir a buscarlo.
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