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El amor es múltiple, tan multidimensional que no se puede
definir con palabras humanas. Aun el apóstol Pablo pudo compartirnos
solamente como se expresa el amor, qué cualidades tiene, pero
no qué es el amor. Y esto es comprensible, ya que "Dios es
amor". Tan poco como podemos explicar a Dios, podemos explicar
el amor. Ahora quiero tratar de explicar cómo se expresa el
amor.
El amor se centra básicamente en el otro.
Digo:
"Me gusta la flor, disfruto de su perfume y me alegro por
los pétalos brillantes. Luego la corto, la llevo a mi casa
y la coloco en un florero, para seguir alegrándome por ella."
Esto no fue amor, ya que después de varios días tengo que
tirar la flor marchita a la basura. El amor se centra básicamente
en el otro. El amor es la más profunda reverencia hacia el
otro. El amor no pregunta "¿qué beneficios me trae eso?",
sino "¿Qué puedo hacer por ti?" Si un joven le dice a su pareja
luego de una noche de baile: "me gustas, ven conmigo a la
cama, vamos a hacer el amor", no está expresando amor, sino
que se expresa a sí mismo, expresa su placer, las funciones
de sus hormonas, el deseo de saciarse a sí mismo, y con ello
expone su "flor" a grandes peligros y a consecuencias negativas.
El amor es la más alta apreciación del otro y posee una sensibilidad
muy grande para sus necesidades y penas. Este amor auténtico
no nos cae de repente del cielo, sino que hay que aprenderlo,
desearlo, practicarlo y elaborarlo. Es una responsabilidad
de por vida y no depende de nuestro humor pasajero. Es completamente
independiente de que yo tenga en ese momento afecto, sentido
de enamoramiento o "ganas de hacer el amor".
Amar es estar dispuesto a sacrificarnos
Ya que
el amor es una constante disposición hacia el sacrificio,
el amor también debe ser "sufrido". Donde no hay voluntad
de sacrificio no existe la base para una relación de amor
Por eso, la disposición al sacrificio debe ser perceptible
ya desde antes de la boda. En bien de la relación de amor
se renuncia a lo permitido, se evita lo peligroso y se deja
lo acostumbrado. Uno mismo se impone limitaciones para hacer
regalos al otro. Se escribe una carta, en vez de ver televisión
pasivamente; se renuncia a costumbres y placeres previos para
enriquecer al otro, "Es hermoso vivir para otros", expresaba
Grillparzer y nos daba con esto una medida fiel para el amor
auténtico: ¡el amor auténtico compite consigo mismo, para
entregarse al otro!. Esta disposición no es estática una vez
casados, sino que desarrolla una competencia constructiva:
¿qué puedo hacer para que nuestro matrimonio mejore aún más?
Y es entonces que se hace evidente que tengo que hacer más
que mi pareja, que -hablando humanamente- quiero sobrepasar
a mi pareja, negándome a mí mismo, en las pequeñas atenciones,
en la bondad y en la comprensión En esto reside, la mayoría
de las veces, el motivo del fracaso de relaciones amorosas.
Se tienen expectativas que luego son derribadas, se abrigan
esperanzas para esto y aquello; pero falta lo básico, la voluntad
para el sacrificio. Por eso es que falta el amor auténtico.
Y como en general se asevera bien: sin amor no hay matrimonio.
Entonces no es que uno se ha casado con la persona equivocada,
sino que ¡no se ha traído a la relación matrimonial la capacidad
de amar! El matrimonio no fracasa porque no se congenia, sino
porque no se tiene la voluntad de buscar y de hacer para el
otro lo mejor. Si cada parte de la pareja solamente se centra
en sí misma, toda relación de a dos termina rota. ¡Cásate
pues solamente con una persona que esté dispuesta a amar,
dispuesta a aprender a amar, ya desde antes de la boda!
Edith, de 27 años, leyó en el diario el siguiente aviso privado:
"Yo, 30 años, 1,79 ni de altura, delgado, hasta ahora muy
ocupado con un negocio exitoso, deseo una compañera fiel.
Mis pasatiempos: tenis, equitación, lectura. Por favor escribir
a..."
Esto sonaba
prometedor, de modo que Edith escribió una carta y adjuntó
una foto. Se encontraron en un restaurante fino. Como señal,
Edith tenía que tener un diccionario Duden en la mano (que
Edith tuvo que comprar). Una vez pasados los primeros tanteos
evaluadores, conversaron sobre intereses personales y pasatiempos,
sobre educación de niños y sobre el hogar paterno, quedando
ambos convencidos de haber conocido una persona simpática
e interesante, con la cual se podría llegar a formalizar un
matrimonio. La boda de Edith con Werner tuvo lugar sólo tres
meses mas tarde. Hubo lágrimas de las madres; la cuñada cantó
una canción romántica de amor; hubo muchas tortas, masitas,
champán y cremas heladas; luego vino la primera desilusión
porque la noche de bodas no transcurrió tal como se había
leído en docenas de novelas. Se fueron de luna de miel a Grecia
y llegaron las primeras peleas a causa del horario de apagar
la luz y del programa de televisión. Ya mucho más pensativos,
los dos emprendieron el regreso, aun cuando el encanto de
1o nuevo todavía perduraba.
Después
de cuatro meses, Edith pasaba nuevamente una tarde de domingo
sola. Werner paseaba a caballo, con sus amigos. El decía que
"necesitaba esto regularmente" como compensación del estrés
laboral. Ella no sabía montar; tampoco le interesaba mucho,
y tenía algo de miedo a los caballos tan grandes. Werner no
tenia ni el tiempo ni la paciencia para enseñarle a cabalgar.
De modo que ella pasaba casi todos los domingos de tarde sola.
El lunes a la nochecita, después del trabajo, Werner leía
una revista de actualidades. (A Werner le gustaba informarse
sobre novedades, de modo que se abonó a dos revistas más.)
Los martes a la nochecita practicaba tenis (a Edith tampoco
le interesaba, por causa de la gente "imposible de aguantar"
que había allí). Los jueves de noche Werner se reunía en el
club de ajedrez, cuando no tenía que encontrarse con clientes.
Los viernes a la noche había "comunión entre los dos" delante
del televisor, que Werner manejaba con el control remoto comiendo
nueces. Y el sábado, lógicamente, Werner tenía que ocuparse
también del negocio... Después de diez meses de matrimonio,
signados de discusiones cada vez más fuertes, decidieron divorciarse.
Allí
donde falta voluntad de sacrificarse ¡falta la voluntad para
una sociedad conyugal! Quién no desea renunciar a sus deseos
personales, ¡debería renunciar al matrimonio! De modo que
si alguien desea saber si está capacitado para el matrimonio,
que se pregunte si quiere aprender a darse a su pareja, a
entregarse a ella. Una persona que ama no desea ser feliz
sino hacer feliz. Un matrimonio precisa amor para funcionar.
Las causas más frecuentes de crisis conyugales son la imposibilidad
de amar y la carencia de espíritu de sacrificio.
Pero
en esto reside la gran oportunidad para cada mal matrimonio,
¡Pues puede aprenderse a amar! El amor es mas una cuestión
de voluntad que de sentimientos. Se debe conocer la meta y
el sentido del matrimonio, porque de otra forma el amor no
tendrá meta ni sentido, ¡y se secaría! Debemos reconocer y
aceptar que la mayoría de los cuentos y novelas de amor no
responden a la verdad. La realidad del amor no es "y vivieron
felices hasta su muerte...", ya que en las novelas el príncipe
le recrimina pronto su origen social, y ella le grita que
podría haber tenido montones de novios como él. Y la bella
durmiente debe aguantar los lamentos sobre los arañazos de
los matorrales espinosos de rosas. Finalmente, Blancanieves
sufre de depresiones porque su esposo liquidó a su madrastra
mala.
El arte del amor consiste en convertir los sentimientos
amorosos de un encuentro de novela en el amor de la cruda
realidad.
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